En la remota comarca Ngäbe-Buglé, al noroeste de Panamá, recibir un bono social puede implicar caminata de hasta ocho horas a través de densos bosques. Para miles de beneficiarios, esta ayuda económica trimestral de hasta 120 dólares mensuales representa tanto una oportunidad de progreso como una asistencia insuficiente para cubrir necesidades básicas.
El ambiente se transforma en una especie de mercado improvisado: mientras algunos esperan su turno, otros aprovechan para vender alimentos, productos básicos y artesanías. Sin embargo, el dinero recibido suele gastarse rápidamente en comida, artículos de aseo, útiles escolares y telas tradicionales.
Selvia Burá Quintero, madre y jefa de hogar, recorrió más de cuatro horas para llegar al punto de pago. Tras hacer fila durante horas, le esperaba un trayecto similar de regreso a su comunidad.
“Es una organización tenaz”, explicó la ministra de Desarrollo Social, Beatriz Carles de Arango, al detallar que el operativo incluye más de 20 rutas y cerca de 150 puntos de pago, a los que muchos beneficiarios deben llegar caminando durante horas.
Los fondos son trasladados por funcionarios mediante rutas terrestres, aéreas o acuáticas, en un proceso que puede implicar hasta seis horas de desplazamiento.
Actualmente, Panamá cuenta con cuatro programas de asistencia social que benefician a unas 186.225 personas, con una inversión anual aproximada de 220 millones de dólares.
Estas ayudas están dirigidas a adultos mayores sin pensión, personas con discapacidad severa, familias en pobreza extrema y hogares rurales en riesgo de inseguridad alimentaria.
Para recibir el subsidio, los beneficiarios deben cumplir con “corresponsabilidades”, como controles de salud, vacunación y escolarización de los menores, con el objetivo de fomentar el desarrollo integral de las familias.
En algunas comunidades, el bono social se ha convertido en una herramienta para emprender. Un ejemplo es la familia Salinas, que logró desarrollar un cultivo de café con entre 2.000 y 3.000 plantas, incluyendo la exclusiva variedad Geisha, considerada una de las más caras del mundo.
“Gracias al programa hemos avanzado y queremos sembrar más café”, explicó Atoche Salinas, destacando el impacto positivo del subsidio como capital inicial.
No obstante, para muchas familias la realidad es distinta. Burá Quintero asegura que el dinero apenas alcanza para cubrir los gastos básicos de su hogar.
“Es una migaja”, afirma, al tiempo que cuestiona las desigualdades en el país, haciendo referencia a los ingresos que genera el Canal de Panamá.
Desigualdad persistente en zonas rurales
Las historias que emergen desde la comarca Ngäbe-Buglé reflejan las profundas brechas sociales que aún enfrenta Panamá. Mientras algunos logran transformar el subsidio en oportunidades de desarrollo, otros continúan atrapados en un ciclo de pobreza donde la ayuda estatal resulta insuficiente frente a las necesidades diarias.
El reto para las autoridades sigue siendo mejorar el acceso, la cobertura y el impacto de estos programas en las regiones más apartadas del país.
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