Veraguas golpeada por otra tragedia acuática.
18 mayo, 2026Trepando el Jorón: El rugido solitario del ‘Tigre que come Gente.
18 mayo, 2026

La espectacular era dorada de la aviación local, las pistas ocultas de la provincia y la pericia extrema de los pilotos que vencieron al aislamiento geográfico.
En esta edición correspondiente al jueves 7 de mayo de 2026 en e nuestro segmento “Historias de Veraguas y más allá”, conversamos con el arquitecto e historiador Sebastián Aguilar, quien nos adentró en una de las épocas más fascinantes y menos recordadas de nuestra provincia: la era dorada de la aviación local.
Hoy damos por sentadas las carreteras que conectan nuestros distritos, pero a mediados del siglo XX, la realidad de Veraguas era muy distinta. Con caminos de tierra intransitables y un invierno que aislaba por completo a las comunidades, los cielos se convirtieron en la única vía de comunicación y supervivencia.
Los primeros aeródromos: De la Escuela Normal a Canto del Llano
Uno de los datos más curiosos que nos compartió el historiador Aguilar fue la ubicación de las primeras pistas de aterrizaje en la ciudad de Santiago. Antes de la existencia de la terminal actual, los aviones aterrizaban en un terreno despejado ubicado justo detrás de la histórica Escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena.
Con el crecimiento urbano, las operaciones aéreas se trasladaron posteriormente a una nueva pista en Canto del Llano, en terrenos que hoy forman parte del corregimiento de San Martín de Porres.
Una provincia con alas
Debido al pésimo estado de las rutas terrestres, el transporte aéreo no era un lujo, sino una necesidad logística. Comunidades apartadas que hoy son grandes polos de desarrollo contaban en ese entonces con sus propias pistas de aterrizaje de tierra o césped. Entre ellas destacan:
•Quebro, en el actual distrito de Mariato.
• La Peña (Santiago).
•La Mesa.
•Cañazas.
•Santa Fe.
A estas rudimentarias pistas llegaba el flujo vital de la provincia: cargas de alimentos, mercancías secas, correspondencia y medicinas. Además, los aviones funcionaban como ambulancias improvisadas, trasladando médicos a las comunidades o evacuando a enfermos críticos hacia la ciudad capital, burlando el aislamiento geográfico.
Héroes del aire: La pericia extrema detrás de cada aterrizaje
Un punto medular que destaca el arquitecto Aguilar es que volar en aquella época era una verdadera hazaña de destreza y valentía. Pilotos como Manuel Guillermo Spiegel y Rubén Cantú no contaban con la tecnología, los radares ni los sistemas de navegación satelital que existen hoy en día. Su vuelo era puramente visual, guiándose por ríos, valles y la silueta de las montañas.
Aterrizar en distritos como Cañazas o Santa Fe requería una precisión quirúrgica. Aquellas no eran pistas de asfalto niveladas, sino improvisadas franjas de tierra, cascajo o césped, muchas veces rodeadas de árboles altos, cables de tendido eléctrico incipientes o colinas traicioneras. En la temporada lluviosa, estas superficies se convertían en auténticos lodazales donde el peligro de hidroplaneo o de que las llantas se hundieran en el fango era constante.
El piloto debía calcular la velocidad y el viento «a ojo», lidiando con las fuertes corrientes de aire descendentes de la cordillera veragüense. Un error de pocos metros podía significar salirse de la pista o colisionar. El margen de error era cero, lo que convertía a cada aterrizaje en una demostración de nervios de acero y un conocimiento profundo de la aerodinámica y del terreno.
Hay que resaltar que las “ pistas “ de los aeropuertos de todos los pueblos (Cañazas, Santa Fe, Ponuga, Mariato, Calobre, Montijo, Chitra, etc.) eran llanos o potreros que limpiaban y removían las piedras y nivelaban a pico y pala, donde siempre pastaban yeguas y caballos, tanto así, que siempre se daba una pasada sobre la pista para “espantar” a las bestias, antes de aterrizar. La peor y más peligrosa de estas “pistas” era la de Santa Fe, orientada Norte-Sur, con unos 20 metros de ancho, menos de 400 metros de largo y con un declive de unos 30 grados. Para aterrizar había que hacerlo entrando por el Sur, de la parte más baja hacia arriba (servía para frenar el avión) y el despegue del Norte, la parte más alta aprovechando el declive para tomar velocidad… Pura emoción…
No era raro de el regreso, ya anocheciendo, a Santiago de sus vuelos, y por supuesto el aeropuerto no tenía luces, y sobrevolando la ciudad alertaba a los amigos y parientes y todo el que tenía carro se dirigían al aeropuerto a “alumbrar” el inicio, el final y laterales del aeropuerto y gracias a Dios siempre aterrizó sin problemas. Era toda una fiesta.
El legado de Rubén Cantú y los pioneros
Hablar de la aviación veragüense es evocar de inmediato al capitán Rubén Cantú, un pionero cuya destreza y valentía dejaron una huella tan profunda que el Aeropuerto de Santiago lleva su nombre en su honor. Cantú perdió la vida trágicamente en un accidente aéreo en la Isla de Coiba en noviembre de 1949, convirtiéndose en una leyenda local.
Sin embargo, Aguilar nos recuerda que el capitán Cantú no estuvo solo. Veraguas fue la cuna y el hogar de muchos otros pilotos, mecánicos de aviación.
Imposible no mencionar a Manuel Guillermo Spiegel quien inició sus clases de vuelo el 29 de Octubre de 1949, en el Aeropuerto de Canto del Llano, Santiago de Veraguas, logrando su licencia de piloto Privado N° 753 el 4 de mayo de 1951. El 4 de Septiembre de 1951, logra la licencia de piloto comercial e instructor de vuelo; fueron sus instructores: Alejandro Yuen y Rubén Cantú.
Todos visionarios que, desafiando la traicionera cordillera y los vientos de la costa, arriesgaron sus vidas para mantener a nuestra provincia conectado con el progreso.
Para escuchar, seleccione la Opción ‘Reproducir en Navegador